sábado, 29 de octubre de 2011

Sentado en el balcón.

Agobiado estirado en el sofá, me he decidido a salir al balcón. No salgo mucho al balcón. Es un espacio casi olvidado por mí. He salido he abierto una silla de plástico, incómoda y barata, con el color desgastado por la intempérie a la que está sometida, y me he puesto a mirar.
Siempre miro el eucalípto que tengo enfrente, sigue ahí destacando por encima de los plataneros centenarios que adornan el paseo. He visto que sus ojos empieza a oscurecer y a caer muertas, como les corresponde en otoño. Caen y adornan el paseo, nos señalan la necesidad de empezar a sacar las bufandas y los guantes del armario.
He visto a gente pasear. Yo quiero salir a pasear pero me da pereza, me aburre. Algunos muestran una sonrisa, mientras charlan, si van acompañados, o parecen que piensan; ¿en qué piensan? ¿en las facturas? ¿en sus hijos? ¿en sus novias? ¿qué no tienen trabajo? Hay muchas cosas en las que pensar; es jodido pensar mucho; puedes darte cuenta que la vida es corta y dura. Casi mejor no pensar; como hacen ya muchos.
He visto coches pasar, he visto coches aparcados, entre ellos el mío. ¿Dónde van? Qué mas da. Es indiferente.
He oído y visto a los vecinos, limpian, escuchan música, bajan la basura, se aburren problablemente y llevan a cabo acciones banales para llenar su tiempo. Aún así se respirar tranquilidad y esperanza, el sábado es el único día que se respira esperanza; los viernes son de euforía, los domingos son inquietantes y deprimentes.
Al final, sentado en el balcón, no se está tan mal, de hecho en el balcón he hecho un montón de cosas; entre ellas este escrito.

martes, 25 de octubre de 2011

Madrugar

El asfalto refleja la luz como un espejo antiguo que contiene "aguas", y así con esas imperfecciones nos deforman la imagen reverberada. El ambiente es fresco y renovado, la lluvia a contribuido a limpiar el aire, el suelo, el orín y a la propia alma del hombre. De los coches destellan infinidad de gotas que se convierten en esmeraldas de colores rojo, naranja y verde, cambiando cada cierto tiempo. Todo parece en orden. Es una falsa ilusión, lo sé. Pero de momento, puedes sentir tu propia respiración, oír tus propios latidos; el sonido de la exigua vida que se desarrola es grato y hace compañia; no se confunde ni se mezcla con nada, colaborando con la cacofonía diurna. La radio suena de fondo, con conversaciones vampirescas sin importancia; lo importante es el suave crepitar, provocado por una mala señal radiofónica; se antoja acojedor y cálido.

En este momento todo es esperanza...

domingo, 23 de octubre de 2011

Ha vuelto a suceder

Con los ojos legañosos, y obligado abandonar un maravilloso sueño de mujeres desnudas, Pedro, mira el reloj de la mesita de noche.
Su cerebro tarda unos instantes en arrancar... uno... dos... tres...
¡Joder! Las cuatro de la mañana.
Ha vuelto a suceder....

viernes, 21 de octubre de 2011

Un extraño en mí

Tumbado en la cama miro el techo blanco. En blanco me gustaría dejar la mente; no pensar (ya me descubro elucubrando). Darme una vida tranquila. No puedo. Fluïr como una hoja en el curso de un río tranquilo ¿tal vez? Anhelante estado al que no consigo acceder; o ¿soy hoja y es el río el culpable?

Me pesa la cabeza, y los pies, y las manos, y las piernas, y los brazos, y el corazón. Parecen forrados de plomo. La mente embutida y exhortada a perderse y adentrarse en un constante ciclo de melancolía, pesimismo y tristeza. Todo se convierte en un acto perezoso, fatigoso y repetitivo, y nada, tiene el mínimo significado y la mínima motivación.

Cada vez camino más lento ¿para qué correr? ¿para qué aprender a tocar música? ¿ir a la universidad? ¿leer?; qué sé yo. Todo es tedioso, odioso y horrible. Es asquerosamente pegajoso; te atrapa y no puedes escapar. Porque no son muchos "todos" sino un "Todo" ¿cómo se puede escapar de la "Totalidad"? Imposible.

En definitva me siento un extraño ¿no somos unos extraños de nosotros mismos? Vuelvo poco a poco a la cloaca. Me temo que nunca he salido de ella.

jueves, 20 de octubre de 2011

La otra cara de Gandhi

-Disculpe señor Giménez -me solicita la profesora del niño cuando ya nos disponíamos a salir por la puerta-.
-Dime ¿qué pasa?
-Para mañana, y con motivo de la celebración de la castañada, necesitamos que cojan un boniato y lo disfracen -me dice-.
-De acuerdo; mañana sin falta se lo traeré -me giro y me voy-.

Por la cara que ha puesto supongo que tendrá pocas esperanzas de que mi promesa se cumpla. Pero la voy a decepcionar y lo primero que haga esta tarde será preparar el boniato para el niño, aún sin saber, ni tener remotamente claro, la relación que hay entre la castañada y disfrazar un boniato. Los caminos de la educación son inescrutables, supongo.

Dicho y hecho; paramos en el colmado, compramos un par de boniatos, y para casa a trabajar.  Reunimos pinturas, telas, alfileres, pegamentos, pinceles, ideas, agua, y... ¿qué hacemos? El niño propone un barco pirata; demasiado obvio. Un coche de carreras; demasiado complicado. Un trombón; imposible... Ya está. Haremos a Gandhi. Que mejor que un poco de manualidades instruidas. Nos ponemos y... en cinco minutos estoy sólo ante el peligro. Recorto, pego, enderezo... y al cabo de dos horas ya tenemos al puñetero boniato disfrazado.

Al día siguiente lo llevamos al colegio. La profesora pasmada nos felicita (seguro que pensaba que no lo conseguiríamos. Te equivocaste).
Por la tarde, una madre de un niño nos pregunta que qué es el boniato. Joder con el boniato si que está ofreciendo tema. Le aclaramos, ante su falta de imaginación, que es Gandhi. A lo que nos responde:

-¿Qué? Otro nazi de los vuestros ¿no?.

Joder, aquí hay algo que falla.

lunes, 17 de octubre de 2011

Y yo sin hacer nada...

Me lavanto por lo mañana, la cabeza me duele, los pies me huelen, el culo lo tengo sudado, los sabacos apestan, el alma se me escapa, de la garganta se desprende un hedor propio de una alcantarilla, mareos, vértigos y vómitos, como viendo siendo habitual después de una noche de mucho alchol, tabaco y algo de cocaína. También como es habitual, nadie a mi alrededor, intento recordar, pero la memoria quedó ahogada al amanecer. Miro el reloj, es mediodía; he perdido doce horas de mi único día de fiesta semanal. Intento pensar. Me rasco las pelotas. ¡Vaya mierda! -concluyo en voz alta para nadie, yo ya lo sé- Decido pasar el día tirado en el sofá. Me meto en la ducha y dejo correr el agua; una buena sesión de hidroterapia me limpiará la piel y espero que la "pisque". Salgo de la ducha limpio y lo primero que tengo ganas es de cagar. Me exasperan los caprichos de fisiológicos de mi cuerpo; no hay buena comunicación entre él y yo, empiezo a comprender que es una especie de venganza congénita por parte de éste. Cago tranquilo sin prisa, mirando al infinito, notando como se me desprende algo relacionado con la propia vida. 

Me preparado el desayuno-almuerzo. Un bocadillo de chorizo picante con pan duro de dos días, y una buena cerveza. Me siento delante del televisor. En todas las cadenas es lo mismo, parece que se han puesto de acuerdo, emiten la misma noticia. Parece que algo sucede, algo gordo pienso, los presentadores con sus corbatas domingueras, y sus peinados caspasos hablan de ello con mucho entusiasmo; las presentadoras, con sus vestidos rosas horteras, y el exceso de laca, también hablan de ello; no los escucho cambio rápido de canal en busca de algo. No hay nada. Se suceden imágenes de guerras, niños hambrientos, y tipos que han matado a sus mujeres después de perder la última partida a las cartas de la vida. Apago la mierda del televisor. Me dirijo a la estantería a coger un libro. Miro varios y me decido por Rayuela. Joder con Cortázar, mira que llega a ser pelma el tío me digo. Intentaré por quinta vez su lectura. Hay algo de honor en todo ello. Media hora y me doy por vencido. Los argentinos me van más hablados. Me vuelvo a quedar frito. 

Abro los ojos, fuera ya ha oscurecido. Miro el reloj. Las siete de la tarde. El tiempo se escurre como arena del desierto entre los dedos. Fuera hay mucha algarabía, parece que hay en marcha una revolución, y yo sin hacer nada, la gente chilla, se escuchan silbatos, gritos, consignas, canciones y mucho ruido. Me asomo al balcón, no veo nada, vivo en una callejón lleno de gatos y con olor a orín del Raval. Escucho ruido de destrozos, cristales reventados, sirenas de policía y bomberos y olor a quemado.llegan hasta mí .El cielo de Barcelona está extrañamente iluminado. Vuelvo dentro, me pongo una película y espero a que acabe de pasar la libertad sentado en mi sofá.

lunes, 10 de octubre de 2011

El trabajo

No se dónde leí el otro día que para que esta sociedad puede pervivir debería cambiar algunas concepciones morales. Entre ellas la que más me llamó la atención era la de cambiar el premio de la laboriosidad a la ociosidad.

-¡Joder -pensé- qué razón!

Pero claro, miras alrededor hablas con la gente y le comentas el asunto y dicen:

-Sí, sí claro... lo que tú digas. Pero habrá que trabajar. ¿No?
-Por supuesto. Pero no se trata de simplificarlo hasta lo ridículo. Se trata de valorar más otras concepciones que no la del trabajo, y dejar a éste, como un bien secundario.
-Ya, ya...

Me miro las manos y me sudan las palmas. Hoy me he levantado a las tres de la mañana y no tengo ganas de discutir. Pienso que el pueblo es tan burro que seguirá en la misma línea hasta que al Sol le de por expandirse. No entiendo como un estado que nos corrompe el alma y nos dobla la espalda, no envilece el corazón y nos provoca insomnio, nos arroja al destino de lo mundano y nos produce picores en los sobacos, nos lleva al tiempo de la monotonía y nos acartona el cerebro, siga siendo tan asquerosamente bien valorado y continue marcando nuestras exiguas existencias.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Otra cerveza.

Joder, que cabrón, que pesado. Piensa Alfredo mientras saborea la segunda cerveza fría de la tarde. Qué tío, no se calla, y venga a dar la bara y venga a gritar a un palmo de su oreja. Como le gustaría a Alfredo girarse noventa grados y decirle al pesado del contertuliano que se callara que él sólo quería estar tranquilo, emborracharse, pagar y salir en busca de alguna mujer después de comprar algo de droga.
Era viernes y la semana había sido dura. Joder, como todas las puñeteras semanas; una de tras de otra y así hasta que su mente no es capaz de recordar cuando empezó a trabajar en aquella maldita empresa y encima de autónomo. Y el otro erre que erre, que si el país, que si la economía... Recuerda que lo despidieron y no tuvo otra idea más estúpida que invertir el finiquito en comprar un jodido camión, que ahora lo estaba martirizando de lo lindo. Se levanta cada día a las cuatro y no más pronto de las siete de la tarde acababa. Siempre iba tarde, siempre dejaba algo por repartir, con las consiguientes malas caras y siempre le descuadraban los números a final de mes. Era un desgraciado, pero no un pobre desgraciado, sino un gran hijo de puta desgraciado. El camión no paraba de averiársele y él venga a gastar dinero en aquella tartana que lo tenía, cada vez más, atado de pies y manos. La salida de aquel estercolero no era sencilla, y ni muy posiblemente real. De momento seguiría escuchando gritar al otro mientras pedía otra cerveza.